Armenia y su gobierno parlamentario

En el último mes y medio se desarrollaron en Armenia una serie de protestas que parecen marcar un punto de inflexión en la vida política de la actual república.
A partir de estos materiales al respecto, tendrán que utilizar las teorías de los autores presentados en la materia.


Por las ramas (II)

El día domingo 21 de agosto, el diario La Nación nos regaló otra de las editoriales a las que nos ha acostumbrado. Por supuesto que la leí y rápidamente fui encontrando diferentes respuestas en repudio. Ustedes ya saben de mi obsesión por la acumulación de artículos de diarios y revistas -en formato digital y papel- y mi particular relación con el centenario diario de la oligarquía terrateniente. Al tanto de esto, unos días más tarde, la compañera M. me envió la nota, y finalmente hoy la -leyó completa- comentamos en clase.

En la editorial "La utilización populista de los pueblos originarios", La Nación denuncia una utilización histórica del pasado en clave revisionista y reinvindicatoria de los pueblos originarios por parte de los "populismos" y del kirchnerismo en particular. 

En la radio comunitaria Kalewche, la socióloga y filósofa Maristella Svampa sostuvo que "La Nación sostiene la dicotomía civilización y barbarie".

"Gramsci y el genocidio armenio", Osvaldo Bayer en Página/12

Gramsci y el genocidio armenio

Otro nuevo aniversario de uno de los mayores crímenes de la humanidad: el genocidio armenio cometido por Turquía. La muerte de miles y miles de niños, mujeres y hombres en manos de esbirros y de aquellos que se creían dueños de la vida y la muerte. Para recordar esto –como lo hacemos siempre para mantener la memoria de las injusticias y el terrorismo de Estado– reproduciremos hoy un hallazgo, un documento sobre ese genocidio, hasta hoy nunca publicado. Es un artículo sobre este tema del gran teórico político Antonio Gramsci, muerto en las cárceles de Mussolini. Uno de los pensadores más lúcidos del siglo pasado. Y más todavía, el artículo va con una presentación del escritor y periodista Emilio Corbière, quien nos dejó para siempre no hace mucho y quien fue el que hizo este verdadero hallazgo. Leamos primero a su presentador, Emilio Corbière, y luego la fundamental opinión de Antonio Gramsci:

"El encuentro", Sergio Wischñevsky en Página/12

EL PAIS › EL DEBATE DE LA INDEPENDENCIA

El encuentro

El festejo por el Centenario de la Independencia, como ahora, no tuvo el brillo del de la Revolución de Mayo, y se centró en el tedeum y el desfile militar, también como ahora. Pero quedó marcado por el disparo con que un trabajador anarquista intentó matar a Victorino de la Plaza, el último presidente del viejo régimen.

Por Sergio Wischñevsky *

Aquel 9 de julio de 1916, Juan Mandrini salió a las diez de la mañana de su pensión rumbo a la Plaza de Mayo con un revólver en la cintura. No era un tirador profesional pero creyó que no podía fallar a pesar de estar a una considerable distancia. Su blanco era el presidente de la Nación. Sacó su arma, apuntó, y calculó el momento exacto para disparar. Las consecuencias de su acto eran incalculables.
A diferencia de lo ocurrido seis años antes, durante los festejos del Centenario de la Revolución de mayo de 1810, el clima social, cultural y político, no era de ebullición optimista entre las élites argentinas. La conmemoración del centenario de la Independencia llegaba en un momento político nacional e internacional muy complicado. En abril de ese año ganó las elecciones Hipólito Yrigoyen, pero su asunción como presidente estaba prevista recién para el 12 de octubre, por lo cual aquel Festejo Centenario encontró al frente del poder Ejecutivo a Victorino de la Plaza, el último de los presidentes del viejo régimen; incómodo ante la inminencia de la asunción del yrigoyenismo. Después de tres décadas de ejercicio ininterrumpido del poder, el partido conservador debía dejar la presidencia, una clase gobernante en retirada, con los grupos económicos dirigentes asustados ante la cercanía de lo que para la prensa oficial era una catástrofe: la llegada de funcionarios “sin apellido”.
Por si eso fuera poco el mundo estaba en guerra, la presencia de grandes líderes mundiales en los festejos, como había ocurrido en 1910, era imposible.
El nueve de julio la ciudad de Buenos Aires despertó bajo un canto de campanas, los bronces de todas las iglesias fueron echados a vuelo con el amanecer. La Plaza de Mayo fue el punto de reunión del pueblo, epicentro oficial de los homenajes que luego del solemne Tedeum, oficiado a las 13, presenció la revista militar que duró exactamente una hora. El presidente De la Plaza y sus ministros observaban desde el balcón de la Casa Rosada.
Cerca de las tres de la tarde, Juan Mandrini, militante anarquista, ya estaba mezclado entre la multitud, por eso no necesitó fingir entusiasmo. Cuando terminaron de desfilar los militares llegó el turno de los Boy Scouts y tras ellos se sumaron jóvenes sueltos entre los que logró colarse. Apuntando con su revólver al palco trazó una línea imaginaria que unió dos mundos que casi nunca se tocaban.

"Independencia y soberanía popular", Gabriel Di Meglio en Página/12

EL PAIS › EL DEBATE DE LA INDEPENDENCIA

Independencia y soberanía popular

“Desde el siglo XIX, el mito de origen argentino está asociado con dos conceptos muy fuertes: revolución e independencia. Por supuesto, la noción de qué significa la independencia fue cambiando a lo largo del tiempo y de acuerdo a quien la mirara”, sostiene Di Meglio. Con esta entrega, concluye la serie sobre el Bicentenario de la Independencia coordinada por Sergio Wischñevsky.

Por Gabriel Di Meglio *


Las crisis son tan difíciles de vivir como interesantes para estudiar retrospectivamente. Al igual que la de 2001, 1989 o 1930, por nombrar algunas destacadas, la crisis de 1815-1816 tuvo grandes proporciones y fuertes consecuencias. Una fue la declaración de la independencia de un nuevo Estado: las Provincias Unidas en Sudamérica.
La “foto” feliz del 9 de julio no puede separarse de su contexto, marcado en 1816 por perspectivas dramáticas para los revolucionarios. Las monarquías absolutistas que vencieron a Napoleón en Europa proclamaban que el mundo debía volver a 1789, antes de la Revolución Francesa, y condenaban las repúblicas y las revoluciones. Los realistas triunfaron sobre casi todos los espacios insurgentes en Nueva España (México), Nueva Granada (Colombia), Venezuela y Chile. Solo quedaban en pie los territorios rioplatenses, pero su economía estaba arruinada por seis años de guerra y la ruptura de los circuitos comerciales. A la vez, estaban divididos entre sí. La Liga de los Pueblos Libres encabezada por Artigas proponía una organización confederal, mientras que las Provincias Unidas dirigidas por Buenos Aires eran centralistas. Aún más: dentro de las Provincias Unidas había divisiones, ya que Salta y Córdoba habían dejado de obedecer a Buenos Aires y solo aceptaban subordinarse al Congreso que debía reunirse en Tucumán. Finalmente, en todas las provincias había grupos que rivalizaban con quienes gobernaban cada una de ellas.
El Congreso se planteó como un modo de salir de la crisis. Si bien no logró –hubo gestiones fallidas– que los territorios artiguistas aceptasen participar en él, por su desconfianza hacia la política de Buenos Aires, sí pudo intentar una reorganización de las Provincias Unidas. Para ello se planteó cinco objetivos.

"Furores plebeyos, temores elitistas", Raúl Fradkin en Página/12

2016-07-06 11:44 › 1816-2016: EL DEBATE DE LA INDEPENDENCIA

Furores plebeyos, temores elitistas

Se quiere presentar muchas veces la declaración de la Independencia como fruto de unión y consenso. Para Raúl O. Fradkin, por el contrario, la independencia proclamada por una revolución amenazada fue producto de conflictos políticos y sociales.

Convendría estar prevenidos: la ritualidad conmemorativa y los anodinos discursos de ocasión buscan domesticar la memoria colectiva. Algunos quieren hacernos creer que la declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica –no olvidemos que eso fue lo proclamado en 1816– habría sido fruto de la unión y el consenso y no el producto de intensos conflictos políticos y sociales.
Hacia 1816 la revolución rioplatense afrontaba múltiples dilemas y amenazas. El Congreso reunido en Tucumán tenía que resolver cómo continuar la guerra y asegurar la independencia que había proclamado, mientras enfrentaba a los Pueblos Libres que, liderados por José Gervasio Artigas, ofrecía una dirección alternativa a la revolución. Pero también tenía que resolver un acuciante problema: ¿qué hacer con la generalizada crisis de autoridad y la activación política de amplios sectores sociales?
Conviene, entonces, prestarle atención a los temores que se suscitaban en las elites y leer desde esa clave el manifiesto que el Congreso emitió el 1º de agosto: “el estado revolucionario no puede ser el estado permanente de la sociedad” proclamaba y se atrevía a anunciar una nueva era: “Fin a la revolución, principio al orden”. Constituirse en la única autoridad suprema era su prioridad; por eso, la independencia debía poner fin a la revolución.
Entre integrantes de los grupos elitistas que emigraron a Río de Janeiro tras haber sido desplazados del poder en Buenos Aires o Montevideo había preocupaciones análogas. Sin embargo intentaban resolverlas mediante otra opción política: llegar a un acuerdo con el rey repuesto en el trono y propiciar que la Corona portuguesa emprendiera una invasión “pacificadora” del Río de la Plata. Los motivos los expresó con claridad Nicolás de Herrera en un extenso memorial: la revolución había dividido “a los blancos” y ambos bandos cometieron el error de acostumbrar “al Indio, al Negro, al Mulato a maltratar a sus Amos y Patronos” para enfrentar a sus oponentes; pero habían escapado a su control y “el odio del populacho y la canalla” se desplegaba contra todos los “superiores”. Había algo más: los criollos cometieron la “imprudencia” de difundir “las doctrinas pestilentes de los Filósofos” y sus “quimeras” y el resultado no podía ser más peligroso: “El dogma de la igualdad agita a la multitud contra todo gobierno, y ha establecido una guerra entre el Pobre y el Rico, el amo, y el Señor, el que manda y el que obedece.”